El paciente labrador de silencios

Julián Chang[1]

Y para el rebelde, más que para el resto del
género humano, es absolutamente necesario
conocer el amor. Darlo aún más que
recibirlo y serlo aún más que darlo.
Henry Miller, El tiempo de los asesinos

Fuente: Archivo Pedro Chang. Todas las imágenes son cortesía de la familia Chang Saavedra.
Fuente: Archivo Pedro Chang. Todas las imágenes son cortesía de la familia Chang Saavedra.

Pedrito o Chacho, como le llamaban su mamá y los cocineros chinos con los que se crió en sus primeros años de vida en Buenaventura, heredó lo mejor de ambas culturas: en él se armonizaron la paciencia oriental y la picardía latina. 

Mi papá, como lo definió uno de sus amigos más cercanos, el dibujante Mario Urrea, fue un “mago de las palabras”. Creativo de ideas vanguardistas, desde muy joven descolló por su inteligencia excepcional y su espíritu contestatario. Solo quienes le conocimos de cerca sabemos que esas palabras que utilizó para remover conciencias y para ganarse el sustento con tantos eslóganes publicitarios que ideó provenían de un profundo vínculo con el silencio.

Con el silencio como posibilidad metafísica, en el que se conjuga tanto el vacío como la semilla de todo cuanto es posible. A mí, me bastaba verlo sentado todos los días en su silla reclinable con los ojos cerrados, despierto, en una especie de ritual al que acudía a diario para recargarse; entonces yo sentía que nada podía salir mal. Luego de abrir sus ojos rasgados, solía esperar unos minutos para reincorporarse al agite del diario vivir.

Una vez me dijo sin mirarme, como hablando para sí mismo: “Pese a todo el conocimiento que hemos logrado, los seres humanos estamos muy lejos de comprender el misterio de todo; nuestras herramientas son muy precarias”.

Estoy por pensar que de ahí provenían sus dones; de esa abstracción que ejercía sobre la realidad concreta para luego conectarse con El otro lado de las cosas. Como padre no pudo haber sido más atípico. Siendo muy niño, me sentó a su lado y me dijo que el mundo estaba disponible para lo que quisiera ser; de él nunca saldría un juicio que me condenara. Cuando a mi regreso de un viaje a España, en mi fracasada intención de seguir sus pasos y estudiar publicidad, le comuniqué mi decisión de ingresar a una facultad de filosofía, me hizo fiesta. Le pareció una decisión que se ajustaba a mis designios más profundos.

Ese era mi padre: una persona que hizo cosas distintas porque él era distinto.

Contra carátula del disco Isadora (1973).
Fuente: Archivo Pedro Chang.
Contra carátula del disco Isadora (1973).
Fuente: Archivo Pedro Chang.

Esa misma forma de pensar la aplicó con mis dos hermanos. Fue el mejor de los amigos, conservando siempre esa jerarquía desde el respeto que inspiraba. En una entrevista para un periódico, frente al tema de la crianza, dijo: “El mundo, en término generales cambiaría si la gente actuara frente a sus hijos con esa mentalidad. Uno no puede imponerle al hijo ni siquiera el panorama de lo bueno y lo malo; solo puede darle los instrumentos para que él pueda juzgar.”

Veintidós años después de su partida, desde la perspectiva que da el paso del tiempo, solo puedo decir, a diferencia de Kafka, que yo lo que tuve fue mucho papá.  

Recuerdo otras frases suyas que lanzaba con el tino del publicista que comprende el momento indicado. Luego de enzarzarnos en una disquisición sobre el sentido de la vida, me miró con profunda ternura y me dijo: “No le des tantas vueltas a las cosas, venimos acá para pasarla bien”.

A pesar de ser una figura pública en la ciudad, era un personaje eminentemente privado. No solía buscar a nadie, ni siquiera a sus amigos más queridos. Siento que en muchos sentidos su soledad le bastaba. Era en ese estado en el que lograba nutrirse de los tesoros propios del maestro silencio para convertirse en el mago de las palabras.

Cierta vez, cuando me encontraba bastante ansioso porque el equipo de fútbol de mis predilecciones iba a disputar la final de la Copa Libertadores, antes de que me fuera para el estadio, pasó por mi habitación y me aconsejó: “No te vayas a descentrar. En momentos así es que debes poner en práctica toda la filosofía que has estudiado”.

En otra ocasión, cuando hablábamos sobre el canon de la filosofía occidental, me dijo: “Está bien que estudies a los grandes pensadores, pero mi consejo es que mantengas siempre una actitud de apertura, de todo se aprende; incluso de las cosas que la academia desdeña”.

Carátula de Pedro Chang, El otro lado de las cosas (1989).
Carátula de Pedro Chang, El otro lado de las cosas (1989).

Devoto del jazz y el bossa nova, nos vaticinó a mí y a mi hermano nuestra futura e irremediable debilidad por Los Beatles, pese a que nosotros, siendo niños, sosteníamos que Menudo era la mejor banda. 

Fue un admirador de Cortázar y de Cabrera Infante, y de poetas malditos como Rimbaud y Lautréamont, pero tal vez El principito de Saint-Exupéry fue su libro de cabecera, seguramente por la capacidad del personaje de visitar otras realidades. Interiorizó un verso de Saint-John Perse hasta encarnarlo: “Hay otros mundos, pero están en este…”.

Algunas de sus obras, unas no tan visibles

Pedro Chang abordó con brillantez no solo la publicidad y el mercadeo; también la composición musical, la poesía, la academia y la dirigencia deportiva.

En su paso por el fútbol, intentó transmitir mensajes positivos. Recuerdo que me dijo, cuando era presidente del América, que era una gran oportunidad para avivar el sentimiento de vallecaucanidad, con la salvedad de que en este terruño, el chauvinismo nunca ha sido parte de nuestra idiosincrasia.   

Por eso, a las ruedas de prensa que convocaba, entre las novedades futbolísticas del momento, invitaba a conectarse con las raíces vallecaucanas como una forma de lograr una convivencia más armoniosa. Y les recalcaba ese mismo mensaje a los líderes de las barras.

A pesar de habitar, en sus últimos días, en ese lugar difuso en donde las identidades se desdibujan, lindando con el camino de desapego trazado por algunos místicos, nunca dejó de ser un chino de champús y pandebono. 

Archivo Pedro Chang.
Archivo Pedro Chang.

Su llegada a la Universidad Santiago de Cali, como decano fundador de Publicidad y de Comunicación Social, significó una revolución. Me aseguró alguien que labora allá que los presupuestos teóricos que mi padre dejó sembrados  perviven como columna vertebral. Lideró un espacio llamado Espíritu Empresarial, que con el tiempo se transformó en el Proyecto Amanecer. Cientos de estudiantes y profesores llegaban a las cinco de la mañana, siguiendo las directrices de ejercicios improvisados que, según él, servían para desaprender y soñar, mientras el sol despuntaba.

Una vez los hizo vestirse como niños, y a pesar del ridículo que en principio sintieron, terminaron trepándose a lo alto de los árboles y tirándose en el suelo sin importar el estado en que quedarían sus ropas. “Hay que tomarse muy en serio lo de ser niño”, les decía.

Y es que él nunca dejó de serlo. Jugaba en el nintendo horas enteras. Se embarcaba en maratones de cine en las que era capaz de verse tres o cuatro películas seguidas, mientras devoraba enormes cubetas de palomitas de maíz. El único que le seguía el paso era mi primo Jorge Mario, un jovencito a quien luego convencía, a cambio de unos “honorarios”, de pararse en los pasillos de un centro comercial para sonsacarle dinero a los transeúntes con las historias más inverosímiles. Mi papá, desternillado de la risa, presenciaba detrás de alguna columna, la concreción de su pilatuna.

Ese talante provocador y juguetón lo conservó hasta el final.      

Para desaprender sabía que primero había que romper. Romper tanta idea preconcebida y tanto lugar común. Por eso, por aquella época, a mi casa llegó la noticia de que había tomado la costumbre de romper billetes en público, seguramente rogando para “que los pedazos de papel liberaran de angustia a los esclavos del dinero…”, como escribió en su poema El otro amanecer. Algo que a mi mamá no le cayó en gracia. El desapego hacia los bienes materiales fue otro de sus rasgos.

Familia Chang Saavedra con el general Omar Torrijos. Fuente: Archivo Pedro Chang.

Fue un gran analista de la realidad política. Aparte de servir como consultor a su compadre, el general Omar Torrijos, sirvió de guía a muchos dirigentes políticos. Tenía una capacidad casi clarividente de anticiparse a muchas cosas.

En esa misma entrevista, sobre Colombia dijo algo que puede interpretarse como un vigente atisbo de esperanza: “En este momento del proceso, el forcejeo es como cuando un muchacho está creciendo, los huesos le duelen mientras se acomoda a las nuevas circunstancias”.

Trasmitía un optimismo indeclinable, aun en las circunstancias más aciagas.  

El tiempo ha pasado… En cada novela que escribo, siento los ojos vigilantes y amorosos de mi padre. Es como si su mano de amigo se posara encima de mi hombro. Sé que mi hermano Juan Sebastián ha sentido lo mismo cuando compone una canción. Que cuando mi hermana Natalia le enseña algo a uno de sus alumnos, perpetúa su legado. Soy testigo de cómo mi madre, Gladys Saavedra, lo evoca todos los días, con toda su humanidad de un ser imperfecto, pero generoso, cálido y tierno.

Fuente: Archivo Pedro Chang.
Fuente: Archivo Pedro Chang.

 A veces siento que mi vida ha sido una larga sequía sin su presencia. Pero contrarresto la desazón con aquella imagen; lo veo abstraído en su silla reclinable, buscando destellos de sabiduría.

Un último recuerdo. Un año antes de su partida, me visitó en el apartamento en que vivía en Bogotá. Salimos a cenar. No recuerdo el contexto de lo que conversábamos, pero sí con mucha claridad aquellas palabras que he procurado honrar todos los días: “Si mañana me muero, ni un ápice de lo que has soñado puede cambiar”.

Así hablaba él, conjugando el efectismo de un eslogan con la profundidad de su sabiduría milenaria. Pero, de nuevo, era el silencio, ese espacio desde donde emergían sus palabras, permitiendo que su corazón dijera lo que su razón a veces no alcanzaba a comprender.


[1] Julián Chang, autor de las novelas Cuando suena la brisa (2016) y Los desterrados (2023).

Edición No 5