El sapiente amigo
José Omar Trujillo[1]

Discurso leído por el músico y docente José Omar Trujillo en el homenaje a Pedro Chang que realizó la Universidad del Valle, el 30 de septiembre de 2023, que tuvo lugar en el Auditorio Ángel Zapata de la Biblioteca Central Mario Carvajal.
***
Así como, fruto de la seducción, la flor no pudo evitar la mariposa, tenía yo que aceptar esta invitación. Gracias, Pedro Chang, por seguir acompañándome, y gracias, Julián Chang Saavedra, por permitirme hacer parte del milagro de esta tarde.
Los recuerdos que con Pedro traigo esta tarde, más allá de lo personales que puedan sonar, pretenden señalar la importancia de un ser amigo señalando caminos durante los procesos que he podido experimentar en el tiempo.
Lucio Dalla y su canción Un hombre llamado Jesús permitirían que más tarde el primer encuentro de mis ojos con los de Pedro Chang y Fernando Parra ocurriera cuando contaba yo con 18 años y Pedro con 26. Fue esa la primera canción que interpreté en el 2.o Festival de la Canción Ciudad de Cali Calima de Plata en el año 1972. Fernando, quien hacía parte del jurado, ya entonces con Pedro y María Teresa Villegas trabajaban en el proyecto de darle vida a nuestra Isadora, y también al Grupo Publicitario.

Fuente: Archivo Pedro Chang, cortesía de la familia Chang Saavedra.
Dado mi desempeño en ese festival de la canción, fui contactado por ellos para vivir lo que se convertiría de alguna manera en una de las razones del porqué estoy hoy aquí. Me llamaron entonces para que interpretara con mi voz, en vivo, los borradores de dos jingles para la radio y un comercial de televisión, para uno de sus primeros clientes como fue Café Águila Roja. Pedro, generosamente, con su andar pausado y voz sapiente, alumbró desde entonces mi camino.
En Cali, entonces no se contaba con estudios de grabación, así que la idea era que yo cantara acompañado por la guitarra de Fernando frente a don Pepino Sangiovanni, en su oficina del barrio San Nicolás, las propuestas de Pedro y Fernando, de tal modo que, si eran aceptadas, sería Gabriel Romero, quien entonces hacía famosa su versión de La piragua del maestro José Barros, quien grabaría la versión definitiva de los jingles y el comercial.
Para mi fortuna, a don Pepino le gustó mi voz, de tal manera que el trabajo, que era inicialmente para Gabriel Romero, terminó siendo para mí, y entonces, por primera vez y en avión de la empresa Satena, supe lo que era viajar de esa manera precisamente en compañía de Pedro, desde Medellín a Bogotá. Con él y Fernando, conocí y pude grabar en los estudios de Sonolux y la CBS de entonces, y ver a Isadora grabando espectaculares JES. Maravillas para mí, en plena juventud.

Tiempo después, con Pedro, en la época en que abundaban las necesidades económicas, compartí cuando los dos trabajamos en la jornada nocturna de la Universidad Obrera del barrio Alfonso López; él como profesor de literatura y yo, un imberbe joven recién documentado, en mi primer empleo llevando la tiza a los salones de clase y, además, encargándome de cobrar las pensiones. Gratos recuerdos, cuando aprovechábamos, en las noches en que cortaban el fluido eléctrico, para conversar y para recibir de su parte lecciones alentadoras de vida.
Gracias a su generosidad y su sensibilidad, fui desarrollando una amistad que, al mencionarla años más tarde en una invitación que me hizo a su casa del sur para participar de una velada de amigos, de la que recuerdo a Mario Alfonso Escobar, al Gallego Blanco y al entonces gobernador Ernesto González Caicedo, al presentarme, dijo, con esa manera precisa y poética que le caracterizó: “Les presento a un amigo cuya amistad no se gasta porque no se usa”. Y es que así fue. Jamás lo busqué para aprovecharme quizás de la ayuda que pude necesitar cuando ya él era un personaje muy importante en la ciudad, dadas sus relaciones en el mundo de la cultura, la publicidad, el arte y la academia.
Pedro, seguirás acompañando mi andadura, porque eres inolvidable, como aquella sopa de cebollas que no pude terminar porque no fue de mi gusto, cuando me convenciste de que experimentara algo distinto en aquel restaurante del Aeropuerto El Dorado en Bogotá.
Por siempre, gracias.
[1] José Omar Trujillo, músico y docente.



