Medardo Arias-Satizábal
La música no es solo una forma en que las personas nos comunicamos, es la mejor manera
Lise Waxer Yip
Lise tenía por igual abuelos cantoneses y judíos, estos últimos llegados desde Ucrania a Canadá. Pienso que su mayor contribución a la cultura de Cali y el suroccidente de nuestro país tuvo que ver con el libro The city of musical memory (La ciudad de la memoria musical), en el cual compiló el acervo de los barrios, su pasión memoriosa en el cuidado y salvaguarda del patrimonio musical del Caribe, principalmente. Al fallecer en la ciudad de Hartford, estado de Connecticut, hace 21 años, avanzaba en una investigación acerca de los orígenes del currulao y la cultura de la costa del Pacífico colombiano, con el apoyo de una beca.
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Fue por allá a mediados de 1996. La Alcaldía de Cali había invitado a un concierto en el paseo Bolívar, en el que no solo habría marimba, sino también jazz, el ritmo que traía un nuevo grupo femenino llamado Magenta Latin Jazz.
Me impresionó inmediatamente el virtuosismo de la pianista, su avance en el montuno, casi como una copia de las descargas de Eddie Palmieri, Emiliano Salvador o Rubalcaba. “Es una gringa”, me dijeron, “y está en Cali por el auge de las orquestas femeninas…”

La verdad es que Lise había llegado a Cali proveniente de Champaing-Urbana, del campus de la Universidad de Illinois, donde adelantaba su doctorado con una tesis basada en la influencia de los ritmos antillanos en la cultura colombiana. Había conocido a la pianista Heliana Portes De Roux en un congreso de musicología en Washington, y ella le habló de lo que significaba Cali en el mundo de la salsa, el tema de su interés. Lise vino a la ciudad, después de un periplo por Caracas y La Habana.
Había nacido un 30 de mayo de 1965 en Toronto, Canadá; hija del sicólogo judío Peter Waxer, y de Diane Yip, también sicóloga, de origen chino. Sus padres estudiaron en York, la misma universidad donde ella alcanzó una licenciatura. York fue en los 60, como Berkeley en California, un hervidero de ideas, nido del hipismo en Canadá, carpa templada para la paz y el amor. Su abuelo chino había venido desde Cantón, y se hizo abarrotero en el distrito de King´s Road en Toronto. Su abuelo Percival Waxer, fue coordinador cultural de los Juegos Olímpicos de Montreal.

Desde muy temprano, Lise mostró afición por el piano; ya adolescente, se interesó por los ritmos afrocaribeños, muy en boga en el Toronto de los años 70 y comienzos de los 80. En el campus de York se le recuerda porque también fue locutora en la emisora universitaria. Ahí escuchó por primera vez un arrullo que venía de lejos, de una tierra que la reclamaba, sin que lo supiera: “Orrí/ orrá/ San Antonio ya se va… mira qué bonito lo vienen bajando/ con ramos de flores lo van coronando…”. Así me lo cantó en su media lengua, cuando la conocí.
En Cali vivió inicialmente en el barrio San Fernando, en casa de Heliana Portes, y luego se trasladó a San Antonio, desde donde trasegó por toda la ciudad en busca de la escena músico-popular de la salsa entonces. Habría que preguntar a quién no entrevistó Lise en su trabajo de campo. Trinity College, de Hartford, la institución donde fue profesora desde 1997, guarda hoy dos cajas de casetes, donde es posible escuchar la voz de Piper Pimienta Díaz, Kike Harvey, Gary Domínguez, Jairo Varela, Alexis Lozano, Tarry Garcés, Beto Borja, además de las representantes de orquestas femeninas como Canela y Azúcar.
Su investigación fue también hasta la escena radial de la ciudad; habló con los locutores, con bailarines, con los responsables de los primeros espacios del canal regional de televisión, con los coleccionistas, con los jóvenes que transitaban los fines de semana entre la Taberna Latina y la Salsoteca Mulenze.

Le impresionó siempre saber que Cali era una ciudad donde musicalmente parecía que el tiempo no transcurría. No podía creer que aquí se atesoraban los Long Plays, como fetiches de vinilo, y obreros de barrio, jubilados del Ferrocarril, de los hospitales, podían hablar con propiedad de Machito, del Beny Moré, de María Teresa Vera, de Héctor Lavoe, de la historia del son y el guaguancó, como si pertenecieran culturalmente a la esfera del Caribe, al mundo cosmopolita de Nueva York o Puerto Rico.
Es por ello que, basada en su tesis de grado, tituló su libro La ciudad de la memoria musical (The city of musical memory), el mismo que, de manera póstuma, fue galardonado con el premio ASCAP de la Sociedad de Autores y Compositores de los Estados Unidos en 2003. La ceremonia de entrega de este palmarés se llevó a cabo en el Lincoln Center de Nueva York. Ahí, volvió a repetirse en el proscenio esta escena de la portada de su obra, donde aparece el bailarín Evelio Carabalí con su pareja Esmeralda, bajo el paisaje añil de la plaza de Cayzedo, con sus autos Packard parqueados debajo de las palmeras, foto memorable de Alberto Lenis Burckhardt.

Lise falleció el 13 de agosto de 2002, casi un año después del infierno de las torres en Nueva York. Un cáncer de colon no le permitió vivir más de 37 años, y me dijo adiós en el Hospital de Hartford, en el mismo lugar donde un 12 de mayo de 1907 había nacido Katharine Hepburn. Nos despedimos ahí, a las 10:35 de una mañana de verano.
Como en el bolero de Roberto Ledesma, murió en mis brazos, y me quedé ocho años más en Hartford, viviendo en la misma casa donde sembramos juntos helechos, sábilas, palmeras, cebollinas, tiestos de albahaca y sueños. Me quedé tal vez esperando que regresara, y preguntando por los rincones “¿dónde estás corazón?; sí, yo quería que volviera y mantuve todo ese tiempo su cajita de cenizas sobre lo que ella más quería: su piano; quería que regresara en invierno para tocar ahí María Cervantes de Noro Morales, o Rabo de nube, de Silvio Rodríguez, dos de sus melodías favoritas, o que me invitara a sentarme junto a ella, a inventar mundos musicales, yo que jamás he entendido bien el pentagrama, pero que, al tenor de tres cervezas de Jamaica, podía improvisar con ella un Jam Session, una suite libre del ritmo que a ella la llamaban desde las profundidades de Chick Corea, John Coltrane, la trompeta de Miles Davis o la genialidad de Thelonius Monk.
A Lise le fascinaban los montunos del jazz latino; mostraba devoción por Eddie Palmieri o Carl Tjader; ponderaba la bravura de Larry Harlow o Papo Lucca, pero su formación jazzística fue fundamentalmente norteamericana. Podía amanecer en la búsqueda de un tono logrado por Cecil Taylor o por su paisano, el excelso pianista Oscar Peterson.
Eddie Palmieri dice hoy que se aficionó por el piano, después de probar con las congas, porque veía cómo su hermano Charlie no tenía que cargar con el instrumento cuando salía a tocar en el Bronx Casino o en el Palladium. A diferencia de él, cuando llegué a Estados Unidos en julio de 1997, sí me tocó llevar el piano al hombro, no propiamente porque fuera el líder de una orquesta, sino para ayudar a Lise. Debíamos bajar su teclado desde un segundo piso, para ir al campus de la Universidad de Illinois, donde ella dirigía la orquesta Adelante, conformada por estudiantes y profesores. Lise puso en la escena de Illinois la bomba y la plena de Puerto Rico, y también la Canoa ranchá del Grupo Niche. Le fascinaba interpretar temas del Conjunto Libre, como Elena Elena, al tiempo que los chicos se deslizaban por la pista y pedían también un chachachá. Vi bailar chachachá a jóvenes asiáticos, africanos, ingleses, también en un lugar emblemático de entonces, donde Adelante recibía aplausos: el Blind Pig, el Cerdo Ciego.

Recibió una de las mayores felicidades de su vida cuando, antes de culminar el doctorado en Illinois, la llamó Trinity College para ofrecerle una posición como profesora en la cátedra de Música del Mundo; dejamos atrás Illinois, nuestros viajes de fin de semana a Chicago, el frío del lago Michigan, y atravesamos cuatro veces Estados Unidos, este país que es del tamaño de un continente, desde el Mid West hasta la costa este, en busca de un lugar donde vivir, ahí donde nos llamaba el destino, en Hartford, la capital del estado de Connecticut, entre Boston y Nueva York.
Cruzamos a través de enormes campos de maíz, en busca de la ruta de los lagos, de los caminos azules, mientras escuchábamos las notas líquidas de Thomas Mapfumo, el León de Zimbabwe, el músico africano a quien conocí en una noche de concierto en Champaign, rodeado por tres de sus cinco esposas. Al fin pude darle la mano a un león.
La ruta derivaba hacia Cleveland, en Ohio, o a los caminos de Indiana, Pennsilvania, hasta remontar las montañas de Nueva York, ahí por Woodstock, donde la muchachada de los 70 soñó con la utopía de un mundo en paz y en amor.
Nos deteníamos a desayunar o almorzar en la orilla de los lagos o en esos viejos restaurantes de camino donde todavía uno echa una moneda en una caja metálica y puede escuchar Dreams de Doris Day o Now or never de Elvis Presley, las voces de Sinatra o Tony Bennet.

Lise tomaba nota rápidamente, componía, hacía sus propias canciones acerca de un ruido, un lamento, el paso del viento, el taconeo de un músico debajo de una mesa. Guardo algunas de estas partituras, así como la producción Listen que grabó solo para su familia.
Parte de su compromiso profesoral en Trinity, por el cual obtuvo el contrato –en los Estados Unidos y en la academia, los primeros optantes son los profesores estadounidenses–, fue su promesa de conformar una orquesta de estudiantes. Como canadiense, se sentía orgullosa de haber logrado esa posición tan anhelada por otros profesionales. Desde que llegó al claustro, reclutó a jóvenes que en breve empezaron a tocar temas como Indestructible, Pueblo latino, Quítate tú, Cuídate compay. Bautizó a su orquesta estudiantil como Salsafication e invitó a ella a profesionales como Douglas Johnson y a un extrompetista de la orquesta de Ray Barreto, residente en Hartford, cuyo nombre ahora no puedo recordar.
Lise animó en el espacio académico doctorados honoris causa para latinos destacados como Rita Moreno, la primera actriz puertorriqueña en recibir un Oscar de la academia por su papel en el filme West Side Story; también se aplicó con ahínco en la consecución de ese reconocimiento para el trombonista Willie Colón, quien estuvo complacido de hacer un taller con los chicos de Salsafication. Invitó al campus a Chocolate Armenteros y promovió la visita de poetas y músicos de las Antillas. Lise coordinó un puente de hermandad, desde Connecticut, con el Carnaval de Trinidad, al cual viajó en dos oportunidades; presentó ponencia en el Encuentro de Musicólogos de Brasil y animó el evento Ritmo de Pueblo, con la visita a Hartford de Los Pleneros de la 21, músicos puertorriqueños residentes en Nueva York, quienes tocaron en el Mercado, el sitio latino por excelencia en esta ciudad, en protesta por la presencia de la marina estadounidense en Vieques, la isla Nena.
Realizó talleres de percusión, guiados por maestros, en Connecticut y Nueva York, promovió visitas a la ruta nostálgica de la rumba neoyorquina, la misma que incluye el paso por lugares que ya desparecieron, como Palladium, Bronx Casino, los teatros del Harlem hispano o el Barrio, abrió cursos de danza africana y recopiló también ensayos acerca del fenómeno salsa, en su libro Situating Salsa (Ubicando la salsa), dado a conocer poco antes de su deceso en 2002 por la editorial Routledge.
Dictó una conferencia acerca del origen de la salsa en Salamanca, España, invitada por el programa de verano de la Southern Connecticut State University, y fue invitada por la Universidad de Harvard en 2001, para disertar sobre la champeta, el ritmo de los barrios profundos de Cartagena.
Uno de sus últimos ensayos, publicado por la Sociedad de Etnomusicología de los Estados Unidos en 2001, llevó el título “Hay una discusión en el barrio”, en clara alusión a los tiempos de la charanga y la pachanga.
Lise vivía para la música; así lo comprendí cuando, después de esa remota tarde del paseo Bolívar, volví a verla, ya en Zaperoco, con una gorra que parecía sacada de algún lugar de humo en Nueva Orleáns. Llevaba gafas oscuras, aunque era noche, y tocaba con una elación coqueta de sus pies, con hermosos botines, en los pedales del piano. Estaba ahí absorto, mirándola, y más tarde entendí por qué le fascinaba el mercado de mariscos de Buenaventura, Pueblo Nuevo, donde ella misma escogía la piangüa para el guiso y el pargo para el sancocho.

Al despedirse del mundo había recibido una beca para investigar el origen del currulao; había conversado ya con Peregoyo, con Mercedes Montaño y, en Cali, con Hugo Candelario, a quien convenció de darle unos cursos de marimba. Compró a Hugo una marimba de concierto, la misma que el maestro llevó en su primera gira internacional por Lisboa, y me acostumbré, con la llegada de la primavera en Hartford, a escuchar este sonido líquido, hermano del ritmo de Mapfumo, el León de Zimbabwe, rumor del viento en la ventana y temblores en la palmera.
Tenía claro que el currulao es el futuro de la música en la cultura afropacífica de Colombia, y por ello anhelaba dos visitas, las mismas que nunca pudo cumplir: estar en Cali en un Petronio y hacer maleta para que viajáramos al África.
Su amiga Joe Nietmman me pidió un poco de sus cenizas para esparcirlas en el mar ĺndico, así que ella está por fin entre la jungla espesa de roncos atabales. En la noche africana de tambores, una estrella la mira. Y aquí con nosotros, su familia del Pacífico, sus cenizas escucharon también, todos los días, el treno de nuestros ancestros, la marimba y el arrullo de San Antonio, el que en un golpe de viento nos la trajo desde el norte, para hacerla eterna en nuestros corazones.
En una mañana de vientos puse sus cenizas en la bahía de Buenaventura.





